jueves, 16 de noviembre de 2017

Arroz

Cuando era pequeño, sobre todo en otoño e invierno, sufría constantes infecciones de garganta. Me subía mucho la fiebre y se me quitaban por completo las ganas de comer. Lo único que me apetecía era un arroz que hacía mi madre con cuatro cosas (chorizo, jamón, salchichas, pimientos...). Un arroz a lo pobre, le decíamos, que estaba delicioso. A veces, como hoy, lo hago. Y siempre me acuerdo de aquellos días, en casa, sin colegio, leyendo los libros que mi madre me traía de la calle cuando bajaba a la compra y la dichosa fiebre me lo permitía. Con aquella sensación de estar un poco alejado del mundo, protegido del exterior. Siempre me emociona recordar la infancia de aquel niño. Y los días que vendrían después de aquellos días invernales. 

lunes, 13 de noviembre de 2017

Escritura

Me despierto. Suena una música de violín que no sé si procede del piso de arriba o del interior de mi cabeza. Si es así, si procede del interior de mi cabeza, comparte espacio con las voces de los personajes de mi nuevo libro de cuentos. Esas voces quieren salir de ahí y ocupar el espacio en blanco, tener su propia entidad. Cuando esto sucede, no hay más opción que preparar café y escribir. Lo haces: preparas café y escribes. En tu estudio, dadas las horas. Pero cuando estás en el proceso de escritura de un libro, te sirve cualquier sitio. Esa es la verdad. Una mesa, una incómoda silla de hospital o tus propias rodillas: cualquier lugar es válido para apoyar el cuaderno y escribir. Lo importante es que el cuento tenga un poco de música y un poco de sangre, como dice el maestro Eloy Tizón. Y aunque la música del violín ya ha dejado de sonar -probablemente procediese de mi propia cabeza, recuperándose del sueño-, surge esa otra a la que se refiere Eloy. Y la sangre está en la esencia misma de cualquier vida, de cualquier personaje. El secreto -creo- consiste en aplicar las dosis adecuadas. Y así comenzamos una nueva semana, avanzando hacia el invierno: arañando horas al tiempo para terminar el libro, para que esas vidas -femeninas, en su mayoría-, entre la música y la sangre, ocupen su propio espacio. Continuamos. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

La noche que no paró de llover

Cuando a mi madre le detectaron el cáncer de mama contra el que estamos luchando (todo va bien encarrilado, toquemos madera), estaba leyendo 'La noche que no paró de llover', la última novela de la escritora Laura Castañón. Fueron aquéllos días de desconcierto, de rabia, de impotencia, de lágrimas. (Y de ciertas decepciones con algunas personas que dicen ser tus amigas, pero esa historia es más vieja que el hambre, como bien sabe todo el mundo). Días de andar un poco perdido y días de inevitable ansiedad. Eran muchas las ganas de que operación y tratamiento comenzaran de una vez. Cuando, en los momentos de relativa calma, trataba de volver a la novela de Laura, algo me impedía continuar con su lectura, pese a tratarse de una historia muy bien narrada. Esos resortes extraños que son más poderosos que nosotros mismos y para los que no hace falta buscar demasiadas explicaciones. ¿Para qué? Sabía que en algún momento volvería a la novela. He vuelto a ella estos días, en el hospital, mientras mi madre recibe su tratamiento. Y qué gozada. En ese silencio que sólo se rompe cuando una enfermera indica algo con amabilidad (mi gratitud de nuevo a todo el personal sanitario del HUCA) o las caras de todos los días te dan los buenos días, he disfrutado mucho con la historia de esas mujeres. Es una novela preciosa. Y que hoy, cuando ya no soy el mismo de hace unos meses (una enfermedad así, aunque suene a tópico, te cambia la percepción y el sentido de todo), recomiendo vivamente. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

A vueltas con los placeres sencillos

Levantarte muy temprano, preparar café, escribir durante casi tres horas seguidas, desayunar tostadas con mermelada de ciruela, descubrir mientras desayunas una frase de Isak Dinesen que incluirás en tu próximo libro, volver a la cama un rato antes de salir a pasear con una sensación parecida a la felicidad. 
A vueltas con los placeres sencillos. 

martes, 24 de octubre de 2017

Día de las bibliotecas

Resplandores de sol o de nieve que se filtran por las ventanas y consiguen alcanzar parte de los libros que abarrotan las numerosas estanterías. Allí, en uno de esos pasillos o sentado a una de las mesas, rodeado de gente o con la única compañía de los protagonistas del libro que estoy leyendo o escribiendo, estoy yo. Tengo quince años y tengo cuarenta y seis años, mi edad actual. Y tengo todos los años que van entre una edad y otra. Recuerdo eso y recuerdo también el camino que va de mi casa (de la casa de mis padres, de la nuestra) hasta la biblioteca. Esa distancia está llena de ansia, de expectación, de cierto nerviosismo (no importa la edad). Encontraré el libro que ando buscando o encontraré otro, eso da igual. Siempre regresaré con un botín a cuestas. Siempre regresaré con algún apunte en el cuaderno. He encontrado la paz en algunos lugares del mundo. No es cuestión de enumerarlos ahora. Y sigo haciéndolo, muy a menudo, cuando regreso a cualquiera de esas bibliotecas que son parte de mi itinerario. Paraísos imprescindibles donde todo se queda a un lado y donde todo regresa a su sitio. 
Silencio, silencio. 

lunes, 23 de octubre de 2017

La fotografía de Jacki

La fotografía es impactante. Al principio, se creía que era una perra huyendo del fuego que asoló hace unos días buena parte del norte del país, aún asustada, con su cría calcinada agarrada delicadamente con los dientes. Luego se supo que era un perro, Jacki, que transportaba animales a un lugar donde no había llegado el fuego para enterrarlos. Sigue siendo una imagen impactante y muy emotiva, porque en ella está captada la verdadera esencia de los animales. Su nobleza. Su valentía. Sus sentimientos. Todo eso consigue transmitir la fotografía. La incomprensión y el miedo de un pobre animal por lo sucedido. Y por encima de esa incomprensión y de ese miedo, la fuerza de la naturaleza: un perro aferrado a los de su especie que fueron destrozados por las llamas, convertidos ya en una suerte de troncos que pronto se convertirán en añicos. 
Hacía tiempo que no me conmovía tanto una imagen. Sigue haciéndolo, pasados ya unos cuantos días. La vida siempre es más poderosa que todo lo demás. Incluso más que el fuego. 
Si estuviésemos en América, ese fotógrafo (Salvador Sas) se llevaría un Pulitzer. 

jueves, 19 de octubre de 2017

También esto pasará (luchando contra el cáncer)

Este artículo fue publicado en El Huffington Post

El pasado quince de junio, dos días después de cumplir sesenta y ocho años, a mi madre le confirmaron que padecía cáncer de mama. Fue a primera hora de la mañana. Íbamos los dos caminando por el Campo San Francisco, ese espacio verde que divide la ciudad en dos partes, cuando sonó mi teléfono. ¿Es usted familiar de Nuria Álvarez? Sí, soy su hijo, respondí. Cuando aquella mujer confirmó la peor de las previsiones, nos abrazamos, nos echamos a llorar. Y permanecimos así durante un buen rato, incapaces de avanzar, de conseguir que nuestros pies se moviesen. Como si alguien los hubiese pegado al suelo con un producto altamente eficaz. Empezó a lloviznar y, al fin, temblorosos, cogidos del brazo, comenzamos a caminar. Lo hicimos en silencio, sintiendo los acelerados latidos de nuestros corazones, la presión en el pecho. ¿Qué nos esperaba a partir de ese momento? Lo primero, la operación. Después, los tratamientos. Les llamarán en breve, dijo aquella mujer con amabilidad. Cada vez que sonaba el teléfono, un sobresalto. Ninguna llamada importaba más que aquella. Que llegase lo antes posible. Fue un verano duro, extraño, interminable. Un verano para olvidar, ciertamente. La familia intentábamos que mi madre no pensase en ello. Salir de casa, caminar (caminar mucho), tomar algo en una terraza, comer en un restaurante, ir al cine o al teatro... Cualquier cosa era válida para distraerla, para distraernos. Y cuando pensábamos en ello, decíamos que todo iba a salir bien. ¿Por qué no? Lo han detectado a tiempo, decíamos. Y era cierto, aunque la angustia nos removiese por dentro. Supongo que era algo inevitable. Supongo que a todo el mundo en esas circunstancias le sucede lo mismo. Aquella era nuestra primera vez. Cáncer, esa palabra que considero que hay que pronunciar aunque sea tan fea como su significado. Ya estábamos inmersos en la batalla. Cada gesto, cada palabra, cada abrazo, cada beso: todo forma parte de la batalla. Mi madre estuvo arropada en todo momento: por su marido, por sus hijos, por su yerno. Volvió a sonar el teléfono. La operación se realizaría el veinticinco de agosto. Ese día hubo miedo pero no hubo lágrimas. Era uno de esos días que uno desea fervientemente que lleguen cuanto antes, y ya estaba fijado en el calendario de los médicos. Hubo muchos días de hospital previos: pruebas, revisiones, biopsias, más pruebas... Todo fue mucho más llevadero gracias al sentido del humor (que nunca falta en mi familia, y si no aparece, se inventa) y al exquisito tratamiento de todo el personal hospitalario. A todo, insisto. Nunca hubo un mal gesto por su parte, sino todo lo contrario: palabras dulces, gestos cómplices, cariño no impostado. Todo salió bien. Mi madre, pese a la fragilidad, se está recuperando. Resiste bien los tratamientos. Es fuerte. Es valiente. Está guapa. Vive cada momento con intensidad. La vida se abre paso entre la maleza, cada día. 
Hoy, diecinueve de octubre, se celebra el Día Mundial contra el cáncer de mama. Por eso, entre otras cosas, escribo esto.  Habrá lazos de color rosa y todos esos símbolos que están muy bien, pero siempre que haya detrás medios para que cada mujer viva su enfermedad con dignidad, creyendo que eso no es el final sino un peaje más de esta vida llena de peajes. Que haya lazos de color rosa, vale, pero que no haya recortes. De ningún tipo. Con un gobierno o con otro. Que haya dinero para revisiones anuales. Que cada enferma tenga el derecho y todos los medios a su alcance para curarse. Que haya presupuesto para investigar. Que haya palabras amables y grandes profesionales que las sigan pronunciando.
Que todo esto no sea más que un paréntesis. En la vida de mi madre y en la de cada mujer que le toque enfrentarse a esta dura batalla. 
Que regresen otros veranos. Los aguardamos, impacientes.